Cuando de hablar de música se trata…

Por: Imilka Fernández.

A veces estamos en una gran encrucijada y nos sentimos temerosos al emitir criterios sobre música, de hacer una propuesta de valor que pueda establecer juicios acertados o no, o de entrar en debate sobre un hecho musical determinado y que seamos además examinados por ese juicio emitido. Ante tal situación, a veces preferimos mantenernos callados o dar evasivas y evitar el mal rato Y es que es verdad, la música es un valor de cultura muy importante de consumo masivo y como parte de él, todos tenemos una opinión que expresar.

Soy del criterio que cada quien tiene una verdad personal y absolutamente privada, derivada de las influencias, del contexto, de las circunstancias propias que construimos para comprender, justificar y expresar nuestro pensamientos y nuestros actos, eso es maravilloso porque nos hace ser coherentes. El problema está cuando consideramos que esa verdad la argüimos como verdad absoluta y excluimos a los demás en su derecho… seguimos hablando de música.

Como se ha comentado en otras publicaciones, la música le llega al hombre como un proceso natural muy aparejado al proceso del lenguaje y ambos se instituyen como medios de comunicación por excelencia. La expresión musical no es discriminativa ni excluyente, al contrario, es un todo integrador al que tiene acceso el ser humano como especie (quizás va más allá), y como el hombre es un ser social, la música que crea y consume, como su reflejo, revela un contexto social determinado. Por eso a través de la música se pueden diseñar auténticos esbozos de pensamientos estéticos, culturales, sociales, económicos, de influencias y otros muchos datos sobre distintas épocas en cualquier lugar del mundo.

En nuestro tiempo se hace un poco más complicado hacer un diseño a grandes trazos, pues como nunca antes, ahora tenemos acceso gratuito, libre y sin límites de la música toda sin importar fechas, estilos, autores, instrumentos, países, géneros o cualquier otro tipo de clasificación. Nunca antes se manejó tanta información, con tanta inmediatez ni el hombre tuvo a su disposición tantos medios para participar y difundir los procesos creativos. Se hace fácil encontrar en el vasto universo de internet millones de métodos y recursos para aprender a tocar un instrumento, para hacer una canción, para grabarla, hacer un video y luego “colgarla” en youtube y ya con esto adquiere categoría mundial. De ahí que cada día aparecen “creadores musicales” por todas las esquinas y canciones que son tendencias en un día por la cantidad de visitas en las redes… ¡uf!, mucha confusión en todo esto.

Salta la alarma cuando percibes que, a pesar de tener toda esta información, la historia permanece dormida, sin que sea utilizada como referente alguno. Hoy el enfoque está dirigido hacia una competencia feroz por la innovación, por ser original o en su defecto, por repetir hasta la saciedad fórmulas que han llevado a otros al éxito y que se convierten en estereotipos a través de los medios de divulgación. Cabe señalar que muchas veces las canciones adquieren los puesto más altos de audiencia por las imágenes visuales que las acompañan. Tristemente, la música ya no se escucha, primero se ve y luego se decide si se escucha o no.

Por eso admiro a todos aquellos que se mantienen con criterios seguros y defienden posturas razonables ante el hecho musical y aunque muchos se creen dueños de esa “verdad absoluta” de la que hablamos al principio de estos apuntes y nos asustan sus rígidas posturas (entre otras cosas, porque se mantienen alejados de la invasión de los medios de comunicación de masas como la televisión, radio, internet), ayudan a los “descarriados” a recordar el principio básico de las cosas y a reestructurar algunos criterios conceptuales.

Pero hay que tener en cuenta que existe un gusto musical que funciona como una especie de filtro por donde pasa toda la información de la música que consumimos y que es absolutamente moldeable a las influencias. Son muchos los estudios que se han realizado sobre el gusto musical desde el punto de vista psicológico y sociológico y aunque hay diversidad de enfoques sobre esta temática, muchos investigadores coinciden en que el gusto musical está determinado por la información y formación que la persona ha recibido a lo largo de su vida y, al mismo tiempo, el gusto musical define el tipo de pensamiento de las personas, es decir, que es totalmente predecible y se puede educar.

“La música que le gusta a una persona se puede deducir fácilmente de su estilo de pensamiento, un parámetro psicológico que divide a los humanos en dos grandes categorías: los empatizadores, que basan su comportamiento en evaluar y responder a las emociones de los demás (y, por tanto, son más de Mozart); y los sistematizadores, que se dedican más bien a descubrir las pautas y regularidades que esconde el mundo (y se quedan con Bartok).”

Simon Baron-Cohen.

Pero además de esta incidencia individual que tiene el gusto musical en las personas, también su conformación depende de las normas de aceptación social.

En 1986, Hargreaves señaló:

El gusto musical se forma por la conformidad individual con referencia a las normas de grupo, y que la aceptación de determinados géneros musicales por determinados grupos tiene que ver con la competencia entre clases sociales, el tipo de lecturas que hace, la televisión, el deporte, la zona geográfica, el idioma, entre otras.

Posteriormente Hargreaves, Miell y Macdonald (2002), afirman que:

Los gustos y preferencias musicales, son una declaración importante de los valores y actitudes, y que los compositores e intérpretes usan la música para expresar sus visiones personales del mundo.

“Los estudios sobre el gusto musical se enmarcan dentro del marco social de la psicología musical, los cuales se centran en la relación que hay entre la estructura musical y el contexto social. Estos estudios han encontrado que la preferencia musical está influida por la complejidad, y a su vez, está mediada por la familiaridad, la cual depende del nivel adecuado de excitación en un momento determinado, como también por aspectos como el estilo y la adecuación de la música al entorno.”

Latham, 2001.

Sin lugar a dudas, la música es una expresión cultural de consumo masivo y aunque el momento creativo es de participación individual, su proceso completo termina cuando la obra es escuchada por otra persona, que es el objetivo para el cual ha sido concebida. La diversidad del gusto musical y su relación social nos lleva a clasificaciones de géneros a través rasgos que se han estereotipados para su definición, pero gran parte de la diversidad la encontramos en la funcionalidad que cumple la música en las distintas actividades que desarrolla el hombre en su cotidianidad desde las primeras manifestaciones, basta sólo recordar los cantos fúnebres, de trabajo, religiosos, entre otros.

Hoy se han diversificado aún más esas funciones pues el hombre a su rutina de actividades ha añadido otras y han surgido nuevas expresiones en música para acompañarlas. Hay músicas para todos los momentos de la vida y las circunstancias: para la relajación, meditación, para dormir, para aumentar la energía, para crear ambientes de determinadas características, para inducir a comprar, para bailar, con fines comerciales, etc. Y el hacer esta música tan específica lleva a la utilización de los medios expresivos de la música en un determinado comportamiento específico.

Sin lugar a dudas, existen músicas que requieren mayor elaboración y otras que con simples líneas cumplen su propósito, pero hay que tener en cuenta que, independientemente de la funcionalidad que tenga la música, debe siempre ofrecerse un producto de calidad que respete el valor educativo, estético, comunicativo y cultural de la música.

 

Fuentes:

 

Imagen de cabecera: vía www.pixabay.com